Cosa Fina

28 febrero 2006

F. F. Coppola o el cine batracio

Francis Ford Coppola es un reputado cineasta al que debemos obras maestras como la trilogía de El Padrino. El mejor argumento a favor de su capacidad y calidad como director es su extensa y premiada filmografía que, como buen autor, ha sabido marcar con un sello personal. La firma que acompaña indefectiblemente las películas de Coppola es el estilo batracio*.
*Batracio: Se dice de los vertebrados de temperatura variable que son acuáticos y respiran por branquias durante su primera edad, se hacen aéreos y respiran por pulmones en su estado adulto.

Evidentemente, la idea que se sugiere aquí nada tiene que ver con que Coppola fuese literalmente un renacuajo en su edad temprana. Más bien, se destaca la cualidad babosa, pegajosa, empalagosa, de sus filmes; es decir, un toque excesivamente kitsch. A continuación, ilustraremos esta afirmación, repasando algunos de los títulos clave en la carrera del director.

El Padrino III (1990)

El Padrino III fue rodada con casi 20 años de separación respecto a las otras dos partes de la saga Corleone. Sin embargo, si alguien nos dijera que se realizó, también, en la década de los 70, nos lo creeríamos: el papel dorado y recargado de las paredes, el estilo rococó, tan nuevo rico, que domina toda la película y que culmina con la escena de la Ópera y sus alfombras y cortinas de terciopelo rojo, el peinado de Kay Adams (la magnífica Diane Keaton) y el estilismo de los personajes, sobre todo el de los femeninos, son algunos de los ejemplos que podemos esgrimir a favor de ese toque empalagosamente kitsch del que hablábamos.

Cierto es que la presencia eclesiástica tampoco ayuda mucho.

Drácula (1992)

Seguimos en la década de los 90. La fabulosa adaptación de Drácula se divide en dos épocas diferentes, a cuál más empalagosa: el siglo XV y el XIX. En la primera parte, tenemos a un Drácula todavía hombre que, sin embargo, tiene problemas a la hora de pronunciar el nombre de su amada. Tampoco está muy fino de gusto, vista la armadura o, más bien, el caparazón rojo que lleva, casi a modo de langosta.

La segunda parte, que ocupa prácticamente la totalidad del metraje, se desarrolla cuatro siglos más tarde en Londres, un momento y lugar idóneos para cosas como estas:

Evidentemente, el vampirismo también da mucho juego, igual que sucedía con el catolicismo en El padrino.


Ésta es, sin duda, la película más batracia que jamás haya firmado Coppola aunque, en este caso, se debe principalmente a causas ajenas a su persona. Podríamos decir que se trataba de una exigencia del guión puesto que, como todo el mundo sabe, Vietnam es un lugar húmedo donde crece el verdín, tan propicio para la vida batracia.

Sin embargo, Coppola también pone de su parte:

Y es que Coppola ha procurado, siempre, dotar a sus films de una estética empalagosamente kitsch. Es el toque personal de un director que quizás no convierte en oro todo lo que toca, pero que sí logra impregnarlo de la babosidad propia de un batracio. Su carrera se convierte, así, en una esfera perfectamente integrada en el conjunto de su existencia ya que, en su vida privada y como persona, Coppola también tiene ese je ne sais quoi batracio.

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